ESCRIBE; DESPUÉS LO PIENSAS

Rastro de heridas

lunes, 24 de abril de 2017
Un día oscuro de luz brillante.
La punta huesuda de la espina dorsal que clava contra el suelo pétreo en calle real.
Un abrazo tan fuerte que me incrusta el reborde flotante de las costillas en los bajos del pulmón derecho, el malo. Una quemadura en el dorso de la mano. Un abrazo último tan fuerte que me recompone los trozos de corazón podrido.
Una Noche Oscura.
Un hilo rojo en el meñique.
El último beso.
Otra pulsera de colores.
Líneas rojas de zarpazos en el antebrazo.
Sangre.
Tu sangre.
Una marca roja en el cuello donde hay sudor, colonia y el roce constante de una bufanda que protege del vacío de la humedad para que no llegue al pecho. Otro círculo violáceo en una espinilla por acertar con el exacto y justo pico de una mesa mientras bailo.
Tos y manta. Acogida. Un café con charla al despertar.
Una pestaña aún pintada que corretea invisible como en un circuito de carreras, arañándolo todo.
Una uña partida y nueve mordisqueadas y convertidas en digestión. Una marca blanca que desaparece.
Un semicírculo canela que aparece en la base del cuello con tanto sol. Una marca del roce (rojo-espinilla) en el hombro-clavícula donde se apoya el bolso.
Un poeta que me sienta al lado y me llama poeta, matándome de la vergüenza.
El omóplato dañado.
El pulmón que grita furioso: tú no vales.
Una rodilla que cruje cuando cura la mesa y un tobillo que tiembla.
Un párpado que protesta por dormir aplastándolo contra la almohada.
El cabello que escupe morado y pide su color natural de toda la vida.
El último mechero quema.

Abandónate, dice.
No tengas miedo.
Mírame:
No me tengas miedo. 








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